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Breve Relato



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En el nro. 19 (noviembre de 1945), el Presidente de turno, Arturo Torres-Rioseco, anuncia la dimisión de Carlos García-Prada y la elección de Julio Jiménez Rueda ("otro de los fundadores del Instituto") como nuevo director de la revista. Previsiblemente, Torres-Rioseco alude al cargo de director de la revista como a un trabajo quijotesco en "esa zona espiritual en que todos debemos ceñir espada" (7).

En el no.20 (15 de marzo de 1946), en su primer editorial como director, Julio Jiménez Rueda, haciendo eco del editorial II, "La hora de América", publicado por Carlos García-Prada (nro. 3), como también de su concepto de América como el futuro de la humanidad, escribe:

La antorcha que ha venido pasando de generación en generación desde el Oriente legendario a través de Grecia y de Roma, Francia, España, Portugal e Inglaterra, en un desplazamiento hacia el occidente del meridiano de la cultura, ha llegado a nuestro continente. (218-19)

En el nro. 21 un editorial lamenta que "América pierde dos de sus grandes figuras intelectuales" (Antonio Caso y Pedro Henríquez Ureña); y en el nro. 22, de manera quizás sorprendente, se reproduce un discurso de Mariano Picón-Salas, "Apología de la pequeña nación", sobre Puerto Rico (213-231). El nro. 23 es el primer "número especial" en la historia de la Revista, un "Homenaje a José Antonio Ramos (1885-1946)", con contribuciones de Max Henríquez Ureña y Juan José Arrom, inter alios, y un largo artículo abiertamente marxista, por no decir comunista, de José Antonio Portuondo, "El contenido político y social de las obras de José Antonio Ramos (215-248). El próximo número especial, el nro. 26 (febrero de 1948), sería dedicado, finalmente, a Baldomero Sanín Cano, con estudios de Germán Arciniegas, Francisco Romero, Mariano Picón-Salas, Gabriela Mistral, José Antonio Portuondo, Juan Marinello, Max Henríquez Ureña, Jorge Mañach y Hernando Téllez, inter alios; con testimonios de Juana de Ibarbourou y Pedro Salinas.

A causa de la guerra, y de ciertos conflictos misteriosos entre los miembros del equipo editorial, pasaron siete años entre el tercer congreso y el cuarto. Quien vino a rescatar al Instituto fue el catedrático cubano Raimundo Lazo en 1949 al organizar un congreso en La Habana, explicando así su intervención: "Antes de que fuera posible preparar esta reunión necesariamente aplazada, el Prof. Torres-Rioseco se retiró de la presidencia del Instituto, aduciendo como razón la falta de cooperación para seguir desempeñándola. La renuncia del Presidente Torres-Rioseco agudizó la crisis que padecía la institución, en virtud de diversas causas explicables para todo el que conozca el mecanismo peculiar y el desamparo de esta clase de entidades privadas al servicio desinteresado de la cultura" (Memoria del Cuarto Congreso, v).

En el período 1950-1955 la Revista cambió poco y avanzó menos, aunque se ve más institucionalizada, más profesoral. A partir del nro. 36 (enero-septiembre 1953), el equipo editorial de la época (Julio Jiménez Rueda, Arturo Torres-Rioseco, Francisco Monterde, John E. Englekirk, Alberto R. Lopes, Manuel Pedro González, José Antonio Portuondo y John S. Brushwood) desaparece, remplazada por un triunvirato más compacto (los veteranos Julio Jiménez Rueda y Francisco Monterde, y el novato Fernando Alegría) —lo cual sugiere que las tensiones entre González y Portuondo, por un lado, y Arturo Torres-Rioseco y quién sabe quiénes más, por el otro, habían llegado a un punto intolerable y a una inmolación colectiva de la mayor parte del equipo.

Poco tiempo después, en el nro. 40 (abril-septiembre 1955) aparece el nombre de un tal Alfredo Roggiano reseñando a Luis Monguió, La poesía postmodernista peruana. Y en las actas del V Congreso celebrado en Berkeley en agosto de 1955, se lee que "el profesor Alfredo Roggiano propuso que la RI, órgano del Instituto, publique un número especial dedicado a comentar la obra del destacado humanista Pedro Henríquez Ureña, al cumplirse diez años de su muerte". Ya para aquel entonces Roggiano, que hasta allí había sido profesor temporal en California, tenía un puesto en la State University of Iowa. Y en ese mismo congreso el delegado Raúl Silva Castro propuso: "El Instituto debe funcionar en un establecimiento de enseñanza superior que le acredite la independencia necesaria para la realización de sus fines ...".

El 23 de abril de 1956 el entonces Presidente del IILI, José Balseiro, de la University of Miami, escribió a la Mesa Directiva informándoles que la UNAM, cada vez más sobrecargada, ya no podía costear la producción e impresión de la Revista. Se proponía entonces que la University of Iowa alojara a la Revista —el IILI seguía en el limbo nomádico, viajando con el Presidente de turno, hasta 1963— y que el Director Técnico fuera Alfredo Roggiano, el nuevo profesor permanente de aquella universidad estadounidense.



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