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Breve Relato



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Se llegó entonces al fin de la primera época de la Revista Iberoamericana. En su discurso inaugural dirigido al Décimo Quinto Congreso en Tucson, Arizona, en 1971, el ahora ex-presidente José A. Balseiro, quejándose de un mundo contemporáneo que era "infierno que consume a fuego lento la conciencia y la sensibilidad", brindó una especie de epitafio de las primeras décadas y de los founding fathers de nuestras dos entidades:

Libres de los antagonismos doctrinarios entre los gobiernos, los miembros del IILI se dan las manos sobre las fronteras; y forman un núcleo señero que comunica y justiprecia los mensajes espirituales de dos lenguas de las Letras del Nuevo Mundo. Porque si, individualmente, provenimos de tierras distantes y distintas, ampliadas o minúsculas, componemos una minoría homogénea animada por el ideal recíproco de escoger la flor de sus culturas.

Con sus medios limitados, humildísimos a veces, eso ha hecho, en algunas ocasiones, la pléyade representativa del Instituto. Al nacer, no hubiéramos podido predecir que padeceríamos años de languidez, cuando no de crisis. Porque abrió sus ojos en la región más transparente del aire: en aquel México generoso que siempre dijo "Presente" a cada hora en que sus afiliados acudieron a él (...).

Evoquemos a Julio Jiménez Rueda, seguro timonel de la primera aventura: a don Antonio Caso, clausurando el congreso con su fina autoridad; al inmortal Alfonso Reyes, solicitando, desde su retiro, que lo visitáramos con cuantos colegas quisiéramos llevar; al maestro de poetas que en todas las cosas buscaba un alma y un sentido oculto, a Enrique González Martínez, con los ojos nublados entonces, acercándose a la sesión inaugural para honrarla... Y para que no se piense que otros de mucho valer excusaban su preciosa colaboración, señalemos ahora, y aquí, a don Franciso Monterde, director de la Academia Mexicana de Letras y expresidente del Instituto. No ha faltado a ninguna de nuestras citas; y encargóse durante años, con Jiménez Rueda, de la publicación de la Revista Iberoamericana, sellándola con un disinterés personal y con la propiedad de su inteligencia. ¿Y cómo no destacar, asimismo, a Agustín Yáñez, quien sirvió como secretario de la Comisión de Investigaciones y Estudios Literarios para cuya presidencia tuve el privilegio de ser escogido, y quien años después, Gobernador de Jalisco, se lució en Guadalajara al favorecer con espléndida hospitalidad a este Instituto?



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